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| Tarde en el aparcamiento |
Demasiadas son, me temo, las noches que recuerdo aquel día. Por lo tanto guardo ese recuerdo en un rincón privilegiado de mi memoria a salvo del olvido disfrutando así de todo lujo de detalles. Era a principios de verano, sometidos todos al desacostumbrado sopor veraniego después de una primavera fría y húmeda. Aunque no tanto como las posteriores vivencias del solsticio de verano. Habían terminado por fin los exámenes y nadie se preocupaba por nada, era un feliz carpe diem. Para terminar de completar el cuadro, el vagón de metro en que viajaba tenia el aire acondicionado estropeado, y como pasa indefectiblemente en estos casos, ese vagón estaba lleno a rebosar de cuerpos sudorosos que nada tenía que envidiar a las calderas del averno. Un brusco traqueteo me sacó de mi ensimismamiento, no tanto por el traqueteo sino porque propulsó hacia mí a una chica de unas nada despreciables proporciones. Mentalmente agradecía al conductor su ineptitud mientras ella me dedicaba un perdona y una sonrisa en una cara de arreboladas mejillas. Yo atribuí su rubor, naturalmente a una inverosímil -ahora que lo pienso- lascivia recién despertada. Que estuviera tan salido lo justifica el hecho que llegado el verano, esa morena de ojazos azules vistiera mostrando tanta piel que apenas dejaba nada a la imaginación. Cierto que había gente en el vagón, pero no la suficiente para justificar los escasos centímetros que me obligaba a mantener para que no se percatara de mi erección. Una vez pude dispersar mínimamente la niebla que empañaba mis ojos y mi cerebro pude centrarme en la contemplación de esa belleza. Llevaba un top de tiras ceñidísimo que propulsaba sus bien modelados y abundantes senos hacia fuera, pronunciando la sombra de ese valle donde yo quería poner mi cara y lo que pudiera. Tenía un escote amplísimo y profundo, que si llega a ser de un vestido, se le verían los zapatos. Llevaba también una minifalda que, si no me hubiera fijado, habría dicho que era un cinturón ancho. A estas alturas, la contemplación de sus curvas resultaba casi dolorosa. Su falda era corta y baja, de esas que permiten ver más debajo de la cintura, que en su caso era perfectamente modelada. Miraba ya descaradamente, aunque con algunas muestras de pudor, cuando ella se giraba y se daba la vuelta -y a fe que lo hacía sin disimular- seguía la espalda deliciosamente arqueada que terminaba en un apenas tapado culo, como nunca los he visto en mi vida. La diminuta falda dejaba ver a la perfección la zona donde los muslos dejan de serlo para convertirse en esas nalgas que yo me moría por morder y amasar. Empalmado como estaba, devorando esos pechos, me di cuenta de que no había en el top nada que indicara el uso de sujetador. Para mi recalentado cerebro eso era inequívocamente señal de lujuria y perversión. Estando en estos pensamientos vi crecer mi desesperación hasta el punto de rivalizar con mi excitación, cuando vi con terror cómo ella cerraba su libro para bajar en la próxima estación. Sin tener el más mínimo control de mis actos, me agarré a una barandilla de modo que la tenía atrapada entre su brazo y yo, colocado detrás de ella, ladeé un poco la cabeza para tener los labios cerca de ese cuello que me moría por morder. Mi respiración agitada cosquilleaba su cuello, un nuevo traqueteo acabó con los escasos centímetros de tregua y puso en contacto mi evidente excitación con ese culo que tanto me tenía obsesionado. Tras una visible sorpresa, ella se relajó y echó hacia atrás su cabeza apoyándola sobre mi hombro ofreciéndome así su cuello. Sin estar aún seguro de hasta dónde me dejaría llegar y sin saber si estaba o no engañado por mi mente depravada, empecé rozando su cuello con mis mejillas sin afeitar. Al no ver una muestra de protesta, empecé a mordisquearle y a lamerle el cuello. Le lamí detrás del lóbulo de la oreja, detrás de la oreja y, tras un chupetón en la yugular, empecé a sentir un leve gemido de satisfacción. Mi mirada no podía apartarse de sus firmes y turgentes senos cuyos pezones, sin el obstáculo de un sujetador, habían manifestado su excitación. Una de mis piernas estaba ya entre las suyas tanteando cautelosamente sus muslos por la parte interna. Lentamente la caricia fue subiendo aunque sin tocar la entrepierna. Fue en este momento cuando ella se agachó para sentir el contacto deseado. Ese fue el disparo de salida para mi. Las manos que tenia en la cintura se unieron en sus prietas nalgas para sobarlas a mi antojo. Luego una mano deslizó tres dedos bajo la falda para descubrir... ¡que no llevaba nada! Eso me excitó aún más, si cabe. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban con una pasión desesperada, su mano agarraba mi miembro con una fuerza casi dolorosa. Ella estaba atrapada ahora entre la puerta y yo, yo pinzaba y retorcía los pezones, duros como piedras. Noté su estremecimiento y su impaciencia cuando, con exasperante lentitud, bajaba la mano desde uno de los pechos hacia su húmedo pubis. Su paciencia encontró limites y cogió mi mano y la puso directamente entre los pliegues de su carne. Estaba absolutamente empapada y gotas de flujo resbalaban por sus largas piernas. Ante la atónita mirada de dos o tres espectadores, se las lamí justo a tiempo para salir corriendo del tren, que en este momento llegaba a la estación, para irnos corriendo hacia algún lugar donde dar rienda suelta a nuestro desenfreno. Me dijo, pegada a mí, que su apartamento estaba a cinco minutos a pie. No llegamos tan lejos. Acabamos desnudos escondidos en un aparcamiento situado a apenas cien metros. Completamente desnudos, entre dos coches, me propinó una mamada como nunca pensé que nadie pudiera hacerlo. Su lengua recorrió mi verga, roja después de tantos roces y tocamientos. Mi glande suspira todavía hoy al recordar cómo la lengua de ella recorría en círculos mi capullo succionando mientras acompañaba de hábiles movimientos de la mano y la cabeza. Se comió mis testículos e incluso los golpeó suavemente dejándome aturdido ante esa mezcla de placer y dolor. Mi capullo probó lo más hondo de su garganta, y estaba a punto de estallar cuando ella paró el movimiento de mis manos que guiaban su cabeza para reclamar su derecho a gozar. Sumido en el dolor de abandonar a las puertas del orgasmo, me dispuse entre sus piernas lamiendo sus muslos y el borde de sus labios empapados, evitando a toda costa su clítoris y su agujero. Desesperada, profirió un grito animal de ansiedad y aferró mi cabeza con piernas y brazos para ahogarme en sus jugos exigiéndome que me centrara en su coño. Apretando y azotando sus nalgas le hundí la lengua en lo mas profundo de su concha mientras pellizcaba ese botón que no le hacía distinguir placer y dolor. Se corrió repetidas veces en mi cara tras estímulos vaginales y rectales. Finalmente recuperó su aliento y me pidió lo que más deseaba en ese momento, y sin más miramientos la penetré con todo el peso de mi cuerpo. Aprisionado entre sus paredes internas esperé a que sus carnes se amoldaran a mi y así, encima del capó de un coche, empecé el vaivén que, entre gemidos, gritos y mordiscos, terminó con un par de orgasmos suyos y otra frustración cuando al borde de la corrida me pidió que parase. Casi llorando de dolor por retener lo que me parecía inevitable, vi como se daba la vuelta y mostrándome su culo en pompa me pidió que la follara por detrás. Suficientemente lubricada por saliva y jugos, no me costó mucho entrar. Disfrutando de su estrechez alcancé el punto culminante un poco antes para sacarla rápidamente y correrme en la mejor cubana que me han hecho. Aún hoy, después de dos años, me excito con el recuerdo de aquel polvo que compartí con una mujer cuyo nombre sigo ignorando todavía.
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